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jueves, 4 de junio de 2009

UN LIBRO Y UN CONCIERTO



Casualidad, curiosa palabra.

Hace ya algunas semanas estaba leyendo un libro El invierno en Lisboa, de Antonio Muñoz Molina . No sé si lo conocéis. Es como una película de cine negro, de las antiguas. Un hombre, una mujer fatal, un amor imposible, los buenos, los malos, la muerte, la soledad... y el Jazz.

Estaba inmersa en ese mundo imaginando noches en un club oscuro, lleno de humo y con la gente siguiendo el ritmo de la música con la cabeza, con los pies...con el alma, cuando llegaron a mis manos unas entradas para un concierto de Jazz. Se trataba de TERENCE BLANCHARD . Nunca había oído hablar de él.



El día del concierto no había sido un buen día, así que tentada estuve de no ir. Al final, aunque no con mucho ánimo, asistí. Resultó ser un músico excelente. Su música me invadió completamente y aunque no era un club nocturno (era un teatro) y no había humo (por eso de la ley antitabaco) yo cerré los ojos y me sentí como un personaje de una novela, como una actriz de cine viviendo un amor imposible... siguiendo el ritmo de la música.

Al llegar a casa terminé la lectura del libro. Me alegré que esos dos acontecimientos, acudir al concierto y leerme el libro coincidieran en el tiempo, ya que pude a recrearme y disfrutar de ambos de una forma más intensa. Especial.

¿Casualidad? No lo creo.

viernes, 29 de mayo de 2009

CAMINO HACIA TI


Sendero en el bosque,Henri Rousseau,1909


Caminaba por un sendero de extrañas sombras. Tenía miedo, lo confieso, pero era más fuerte esa esencia que sin yo pensarlo me arrastraba hacia ella.

Era como si no fuese yo quien anduviese por ese camino, siguiendo la huella invisible de alguien que nunca pasó. Como si sólo mis sentidos captasen la luz que iluminaba el camino correcto para llegar.

La brisa era suave, pero lo suficiente para levantar levemente mis cabellos hacia delante, como empujándome a ir más deprisa.



Du Cristal, Manuel Broto,1995

Mi mente era confusa y mis razonamientos sin sentido, pero mi corazón era fuerte y estaba alegre. Había un brillo especial en mis ojos.

Aquel túnel desconocido se estaba cerrando. De repente la luz del día lo iluminó todo. Subió el rubor en mis mejillas. Me desperté. Lo besé y todo fue maravilloso.




El beso,Toulouse-Lautrec,1892

martes, 28 de abril de 2009

UN VIAJE EN TRANVÍA



"Con todo mi cariño al cotilla que todos llevamos dentro"



- ¡Ahí viene! Corre, corre que lo perdemos.
- Será posible, todos los días igual. Siempre con prisas
- Luego si llegamos tarde no te quejes.
- ¡Pero si nunca digo nada!
- Ya, ya, eso lo dices ahora. Anda a ver si adelantamos a esa señora y podemos sentarnos.
- Está bien, ya estamos sentados. ¿Podemos tranquilizarnos ya?
- Pero, ¿quién está nerviosa?
- Nadie cariño, nadie.
- ¿Te has fijado que rara es la gente que viaja en tranvía?
- Nosotros vamos en tranvía
- Ya, pero eso es diferente. Mira la rubia de la segunda fila. Se creerá que irá mona con ese vestidillo y esa extraña cosa en la cabeza
-
Pues yo la encuentro muy guapa.
- Tú que sabrás… y el chiquillo que va de pie agarrado a la barandilla ¿pero que lleva en las orejas?
- Son unos pendientes en forma de..
- Pero ¿cómo van a ser eso unos pendientes, si el tamaño de los aros que le perforan la oreja es tan grande que se ve a través de ellos?
- ¿Y qué es lo que se oye? Pero, ¿de dónde viene esa música? De que le sirven los cascos si se oye en todo el tranvía ¡Se va a quedar sordo!
- Esa que está ahí ¿no es la mujer del boticario, la que se la da de señorona? Pues mírala, en tranvía como todo el mundo.
- Pero bueno, ¿qué hacen esos dos? Este no es lugar para…no puedo ni nombrarlo, ¡qué vergüenza!
- Quieres dejar a la gente en paz que nadie te está molestando.
- Ya, ya, a saber lo que dicen de mí.
- Pero ¡si está todo el mundo callado!
- Sí, sí, callado. Anda ponte en pie que aún nos pasaremos la parada.
- Si es que si no estoy yo en todo…

martes, 21 de abril de 2009

MI MOMENTO DE FELICIDAD


María caminaba de vuelta a casa después de un horrible día de trabajo. Su casa estaba lejos, a más de una hora de camino, pero los viernes nunca cogía el tren que la dejaba a unos doscientos metros de su casa. No, los viernes no. Los viernes volvía caminando, paseando. Así lo hacía desde hacía años y así quería seguir haciéndolo.

Era una tarde fría, el cielo estaba despejado y casi anochecía. Se abrigó bien con su bufanda y su gorro de lana y se abrochó bien los botones del abrigo. Era invierno, pero aún no había nevado. Atrás dejaba los grises edificios y el bullicio de la gente.
Atravesó la avenida con las grandes torres de negocios, cruzó el parque infantil y poco a poco se fue alejando de la gran ciudad hasta llegar a un descampado y a una pequeña arboleda. Cruzándola acortaba bastante el camino. El aire frío enrojecía su rostro y sentía cierto dolor en los dedos, como cuando empiezan a congelarse. Había olvidado los guantes. Comenzó a frotarse las manos para entrar en calor, pero realmente no le importaba, le gustaba esa sensación, sabía que era el preludio de algo bueno, de algo para lo que faltaba ya muy poco.

Era totalmente de noche cuando divisó su casa. En pocos minutos habría llegado. Abrió la puerta. Se quitó la bufanda, el gorro, el abrigo y las botas. Un olor a flores frescas la invadió – todas las mañanas antes de salir de casa cortaba algunas flores de su jardín y las ponía en un jarro con agua – Respiró hondo y sonrió. Encendió la chimenea para calentar el ambiente y se dirigió a su cuarto para relajarse con un buen baño de agua caliente y sales. Se lo tomó con calma. Cuando volvió al salón la temperatura era muy agradable. Cenó algo ligero, una sopa caliente y un sándwich. Ya con el pijama puesto avivó el fuego de la chimenea, se dirigió al tocadiscos y puso su disco preferido de Jazz – Kind of Blue de Miles Davis – Se sirvió una copa de vino y se recostó en el sofá a leer. Leer, su gran pasión. Éste era su rincón, su espacio. Su ratito de felicidad.

Cuando intentaba explicar esto a sus ajetreadas e hiperactivas amigas, no la entendían. María ya ni se molestaba. Desconectaba el teléfono y se olvidaba del mundo.

Sólo pensaba “ Nadie va a robarme mi momento de felicidad” .

jueves, 16 de abril de 2009

ENTRE LAS PIEDRAS

foto cedida por Mendi


Yuno el pelirrojo salió más temprano de lo habitual esa mañana de casa y como siempre, sin avisar. Apenas levantaba dos palmos del suelo pero sabía recorrer todos los recodos del poblado con los ojos cerrados. Había nacido allí, entre las piedras y allí es donde le gustaba estar. Parecía un día como otro cualquiera. Algo más caluroso de lo normal teniendo en cuenta la época del año.



Como todos los día avanzó corriendo hasta llegar a las viejas ruinas y al llegar a ellas se quitó los zapatos y se sentó en la gran roca que para él representaba la entrada a su universo, a su verdadero mundo, al que él sin duda creía pertenecer. Tras permanecer un rato observando las rocas se levantó. Algo había llamado su atención. Conocía ese lugar a la perfección pero había algo, no sabía describirlo, que no podía dejar de mirar. Era, era, ¡era él!, bueno, no él exactamente pero podría decirse que Yuno sentía que era él mismo. Se acercó despacio, tranquilo, sin miedo... sin darse cuenta se vio sumergido en un mundo distinto. Ya no se encontraba a las afueras de su poblado, estaba en otro universo, ¡su universo! ¡su mundo! al que él siempre había pertenecido. Sonriendo siguió caminando... y nunca más miró hacia atrás.



Esa misma noche, dos pastores del pueblo paseaban por las afueras del mismo y junto a una roca encontraron unos zapatos. Eran menudos y estaban muy gastados. "Qué raro" le dijo un pastor al otro "son zapatos de niño, ¿quién los habrá dejado aquí?". El otro pastor sin detenerse siquiera a mirarlos le contestó "serán de algún viajante con su hijo que los habrá perdido, ya sabes que en nuestro poblado hace ya muchos, muchos años que no vive ningún niño".


EL PERRO ABANDONADO

Desde mi encierro, no impuesto pero de ningún modo voluntario, es difícil ver el mundo exterior con claridad. El más mínimo detalle vuela en tu imaginación y se convierte en un hecho transcendental.
Ayer mismo. Me encontraba leyendo la última novela que ha caído en mis manos cuando oí llorar a un perro. Por la noche ya lo había escuchado. Lo oía cerca, parecía un cachorro. Abrí todas las ventanas de la casa y lo localicé en un patio cerca de casa. Estaba temblando (o eso me pareció a mí) y lloraba ( o eso también me pareció a mí). Lo llamé y al verme comenzó a agitar el rabo y a subirse donde podía para estar más cerca de mí. Había destrozado algunas plantas del patio. Tenía comida y agua, pero eso mi mente ya no lo vio. Comencé a angustiarme pensando que lo habían dejado abandonado y que llevaba tiempo sin salir de ahí. Recordad que llevaba oyéndolo llorar un día, ¡sólo un día!. Pero de nuevo mi mente, eso, no quería recordarlo. Y entonces mi imaginación voló: "Tengo que localizar el número de la protectora de animales... quizá podría quedarme yo con el cachorro... pero cómo lo voy a meter en un piso de 70 m..."
Mientras todo esto ocurría en mi mente pasaron unas horas, y de repente me dí cuenta que ya no se oía nada, el perrito no lloraba, me asomé a verlo y ni siquiera estaba en su patio. Miré por la otra ventana y allí estaba feliz y contento con su dueño jugando en el parque.

Me paré a pensar un segundo y me pregunté a mí misma ¿quién se sentía solo y abandonado, el perro o yo?

martes, 14 de abril de 2009

OTRO DÍA MÁS

Me desperté temprano, como casi todos los días. Subí la persiana y abrí la ventana. Entraba poca luz, no porque aún estuviera amaneciendo, si no porque las nubes cubrían casi en su totalidad al sol. Era primavera. Un aire fresco rozó mi cara e inundó la habitación. Estaba nerviosa, aunque eso no era raro en mí, casi se había convertido en mi estado natural. Respiré hondo y me sumergí en las tareas cotidianas. Pasaron las horas y las horas y allí estaba yo, nerviosa. El día transcurrió con normalidad para todos menos para mí, yo siempre alerta, expectante por lo que pudiera suceder. ¿Pero el qué? ¿qué podía suceder? todo y nada, mucho y poco. Serían cerca de las once de la noche cuando sonó el teléfono. Mi corazón dio un vuelco alcanzando gran velocidad. Pensé "aquí está, ya va a pasar". Como pude cogí el teléfono "¿sí?". Una voz sonó al otro lado "hola guapa, te he despertado..." Suspiré y poco a poco mi corazón volvió a su ritmo normal.
Otro día más, y ya van muchos.