Desde mi encierro, no impuesto pero de ningún modo voluntario, es difícil ver el mundo exterior con claridad. El más mínimo detalle vuela en tu imaginación y se convierte en un hecho transcendental.
Ayer mismo. Me encontraba leyendo la última novela que ha caído en mis manos cuando oí llorar a un perro. Por la noche ya lo había escuchado. Lo oía cerca, parecía un cachorro. Abrí todas las ventanas de la casa y lo localicé en un patio cerca de casa. Estaba temblando (o eso me pareció a mí) y lloraba ( o eso también me pareció a mí). Lo llamé y al verme comenzó a agitar el rabo y a subirse donde podía para estar más cerca de mí. Había destrozado algunas plantas del patio. Tenía comida y agua, pero eso mi mente ya no lo vio. Comencé a angustiarme pensando que lo habían dejado abandonado y que llevaba tiempo sin salir de ahí. Recordad que llevaba oyéndolo llorar un día, ¡sólo un día!. Pero de nuevo mi mente, eso, no quería recordarlo. Y entonces mi imaginación voló: "Tengo que localizar el número de la protectora de animales... quizá podría quedarme yo con el cachorro... pero cómo lo voy a meter en un piso de 70 m..."
Mientras todo esto ocurría en mi mente pasaron unas horas, y de repente me dí cuenta que ya no se oía nada, el perrito no lloraba, me asomé a verlo y ni siquiera estaba en su patio. Miré por la otra ventana y allí estaba feliz y contento con su dueño jugando en el parque.
Me paré a pensar un segundo y me pregunté a mí misma ¿quién se sentía solo y abandonado, el perro o yo?
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Yo habría llamado a un amigo....
ResponderEliminarY lo llamé, para preguntarle que hacía...al pobre le transmití mi angustia.
ResponderEliminarBesos, seas quien seas.